E-mail

Si quieres colaborar con la Asociación, participar en esta web o en la Revista de la Asociación (La Ventana Cultural), ponte en contacto con nosotros a través de nuestro correo electrónico
amigosdevillafranca (arroba) gmail.com

El Padre Luis, nacido para ser sacerdote (por P. Eleuterio López)

-->
Lo expresado en el enunciado, es cierto que puede decirse de todos los sacerdotes dentro de la elemental teología de la vocación. Con todo, quiero manifestar que en el P. Luis, teniendo en cuenta su trayectoria, es tan manifiesto, que se puede decir que en él todo hace referencia a su sacerdocio desde el principio. “Nacido y criado” para sacerdote, como desde muy pronto comenzó a hacerse patente por su inclinación y su formación a la sombra del Convento de San Pablo de Córdoba en donde residía un tío suyo, religioso dominico y, posteriormente, bajo la atenta mirada y alentado por el ejemplo y la palabra del gran prelado cordobés, y auténtica figura del catolicismo español de finales del siglo XVII y principios del XVIII, el Cardenal Pedro de Salazar. Alguna vez, cuando comencé a estudiar al P. Luis, tuve la pretensión de considerar primeramente sus rasgos humanos para pasar después al estudio del sacerdote. Desistí de ello porque comprobé que, aun metodológicamente, me resultaba casi imposible por su plena interferencia. Efectivamente, hay en el P. Luis una “connaturalidad de su respiración cristiana” y una plena identificación con su sacerdocio
En el año 1692 es ordenado sacerdote por el Cardenal Pedro de Salazar y estrena su sacerdocio aquí, en su pueblo, como ayudante del párroco. No tardando mucho, se le encomienda plena responsabilidad en la parroquia de Villa del Río donde comenzó a desplegar cuantas iniciativas el Espíritu le sugería en su inquietud sacerdotal. Sólo desde una vivencia muy intensa de su vocación sacerdotal se puede explicar su honda, y armónicamente centrada espiritualidad, y su actividad en todos los campos de su ministerio que años después, desde 1712 hasta su muerte, completará en su pueblo a donde fue destinado como párroco. Enseguida me ocuparé más detenidamente de ello, pero quiero adelantar que ya desde el principio de su vida sacerdotal destacan sus preferencias en su vida y acción sacerdotal: su identificación con Cristo Sacerdote y Víctima (vivencia de la Eucaristía) y su pasión filial por la Madre del Sacerdote, la entrega generosa a tiempo pleno a todos, con particular preferencia a algunas clases y categorías de personas, pero a la inversa de lo que eran los “gustos de la época”, incluso en el actuar de muchos clérigos: los enfermos, los pobres, los presos, los niños, los que hoy llaman los pastoralistas “los marginados”. Eso sí. Afirmando al mismo tiempo que nadie quedaba marginado de la acción pastoral del P. Luis.
En alguna ocasión he dicho, con una expresión familiar que confío se me permita repetir, que el P. Luis era un sacerdote de “tamaño natural”: sacerdote por todos los costados y en todo tiempo y que nunca rehuía zambullirse en los problemas de su entorno sacerdotal y hacerles frente con humildad, dulzura, ingenio mezclado de aventurilla arriesgada en ocasiones y, siempre, con capacidad casi ilimitada de perdón; pero con inquebrantable valentía cuando se trataba de la gloria de Dios, aunque para ello hubiera de arriesgar su fama, e incluso su vida, o emplazar a sus propios familiares a cambiar de conducta.
Espiritualidad sacerdotal del P. Luis
La plena identificación con su vocación sacerdotal y su realización personal desde esa misma vocación, dimana de una vivencia profunda de su piedad sacerdotal y, al mismo tiempo, la exige. Como acontece en el Santo Cura de Ars es un ejemplo de conjugación armoniosa de oración-acción, perfectamente actual para los sacerdotes de nuestros días. El P. Luis sabía por experiencia lo que en la vida de cualquier sacerdote significa la Eucaristía y el rezo de alabanza a Dios en nombre de su pueblo. Por ello él gozaba en la celebración de la Misa hasta traslucirse manifiestamente en su semblante, incluso de modo sorpresivo para quienes no le conocían de cerca. Vivía igualmente el rezo del Oficio Divino, que habitualmente lo realizaba de rodillas y saboreando con el gozo del Espíritu su canto de alabanza a Dios e intercesión por su pueblo.
Se dice del Santo Cura de Ars que casi convirtió el templo de su parroquia en su casa por las horas que en él pasaba. El P. Luis se valió de sus argucias santas para poder recogerse frecuentemente junto al sagrario y allí, también aprovechando la paz de la noche, ir ahondando en la amistad con quien es el único verdadero Sacerdote y fuente del “sacerdocio” de sus ministros. Como él enseñará a sus religiosas, prefiere ir sabiamente acompañado en el camino de la santidad y de vez en cuando va a Córdoba, al convento de los Carmelitas Descalzos, donde estaban Fray Andrés de Jesús María y Fray Juan del Santísimo Sacramento, que sucesivamente le dirigieron espiritualmente. Eran tiempos recios, como había dicho antes Santa Teresa, en los que el iluminismo, el jansenismo y el quietismo sembraban desconciertos y destruían muchos ánimos espirituales en personas no apercibidas. Dentro de las mismas instituciones no faltaban banderías, fidelidades poco edificantes e interminables pleitos por dignidades, que zarandeaban la vida de la Iglesia y la espiritualidad sacerdotal. Era, pues, tiempo apasionante para quien quisiera vivir su sacerdocio a la intemperie de ambiciones e intereses personales. Por ello, el Vicario de Villafranca procuraba prevenir antes de tener que curar. Sus idas a Córdoba le permitían también tener unos días de Ejercicios y de sosiego más remansado en la escucha de Dios y en el gozo de su sacerdocio, además de facilitarle mantener siempre una formación sacerdotal que posibilitará el que sea un sacerdote muy bien centrado espiritualmente y un sacerdote culto, especialmente en las ciencias eclesiásticas.
El inicial contacto con la Orden dominicana también dejó huella para siempre en el P. Luis, como se manifiesta en la devoción tan popular del Rosario que ya había llegado a ser una constante de la piedad de la época, hasta el punto de que algunos celosos sacerdotes de Andalucía habían distribuido en momentos claves de la jornada el rezo de las tres partes del Rosario en sus iglesias con gran participación del pueblo. También el P. Luis era un entusiasta devoto y propagador de este salterio popular mariano y, tanto en Villa del Río como, en su entrañable pueblo, gozaba especialmente con que el canto de los misterios del Rosario abriera jubilosamente la jornada laboral, en no pocas ocasiones, cumpliendo muy prácticamente aquello que algún biógrafo suyo le atribuye a otro propósito de ser “despertador de dormidos”. Y también a horas vespertinas encontró, alguna vez, en el rezo del Rosario por las calles un medio para disolver “religiosamente” diversiones que al párroco le parecían un tanto peligrosas. Al fin y al cabo, el Rosario y la celebración solemne de las Fiestas marianas, no eran para el P. Luis sino un excelente medio evangelizador, porque antes eran a nivel personal cauce y expresión de su vivencia profundamente mariana, ya que, como dice su biógrafo, “siempre veneró a la Reina del Cielo con afecto tiernísimo de hijo a Madre”. Así se lo transmitió también a sus Hijas en las Constituciones en las que plasmó su espíritu y su proyecto congregacional.
No quisiera terminar este apartado sin mencionar siquiera algo que interpreto como expresión de sensibilidad y de finura sacerdotal también. El que cuidaba y se entregaba generosamente para que cada persona viviera su fe y procurara ser cada día más fielmente templo vivo del Espíritu, pone todo su exquisito interés en el cuidado del templo material y cuanto tiene relación con el culto, porque es la cortesía espiritual con quien lo habita y significa también ambientar el encuentro en fe y amor de su pueblo. En Villa del Río no dudó en hacerse limosnero de Dios para levantar la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno; en Villafranca le correspondió tomar parte muy activa en la reconstrucción de la ermita de Nuestra Señora de los Remedios que ya habían comenzado algunos años antes de llegar él a su pueblo como párroco.
Aun admitiendo el riesgo de la simplificación excesiva, me permito enumerar los elementos fundamentales que retratan a la persona y actuación del P. Luis sacerdote:
Constantes nucleares” de su persona y espiritualidad:
1ª La identificación plena con su proyecto sacerdotal de vida; con él se identifica y a él se entrega.
2ª La conjugación armoniosa de: convicciones profundas y flexibilidad de comprensión; acogida generosa de la persona y fustigación implacable del vicio y de la injusticia; interioridad profunda y gran capacidad de organización apostólica, universalismo sacerdotal y preferencia por los marginados de la sociedad.
3ª Los primeros planos de su vida sacerdotal:
+Identificación con Cristo Sacerdote (Eucaristía, Víctima que se entrega por amor)
+Intensa relación filial con María
+Vida profunda de oración
+Pobreza evangélica (de bienes, de prestigio, de títulos, de cargos…)
+Penitencia con sentido apostólico
Acción sacerdotal del P. Luis
A pesar de que algunos hayan podido hacerse la idea de que el P. Luis más se parecía a un monje enclaustrado o a un párroco inactivo en el regusto pseudomístico de influencia quietista, su profundidad y exquisitez espiritual le hace estar siempre atento a lo que su pueblo necesita como acción evangelizadora. En un tiempo en el que no era frecuente (a pesar de las urgencias apremiantes del pueblo y de las llamadas de los Pontífices, especialmente de Clemente X, Inocencio XII y Clemente XI), el P. Luis se multiplicaba para sembrar abundantemente la palabra de Dios en las parroquias encomendadas a su celo sacerdotal y hasta acompaña esporádicamente a los Padres Franciscanos de Córdoba para misionar.
Y como fruto de la predicación de la palabra de Dios, también puso su interés en crear ambiente espiritual para el encuentro con Dios en la oración, hasta el punto de que nos consta que “desde pequeñitas sabían ya algunas niñas tener oración”. Para esto les preparaba unos pensamientos breves y sencillos, “bocaditos espirituales” les llamaba él, para que los pensaran, paladearan y gustaran en la presencia de Dios.
En su ser sacerdote a tiempo pleno para su pueblo, no olvida facilitar generosamente a sus feligreses la recepción del Sacramento de la Reconciliación a cualquier hora del día o de la noche, aunque haya de desplazarse lejos a pie porque alguien le esperaba para recobrar la paz interior, como cuando se va a Montoro, sin más preparativos que un bastón y su presteza sacerdotal, porque le avisaron que le necesitan para recibir el sacramento. Siempre dispuesto, aunque haya de levantarse enfermo, venciendo la oposición de su misma familia, para atender a uno que reclama su servicio sacerdotal o haya de actuar en condiciones que resultaban deprimentes para cualquiera que no tuviera su talla de caridad sacerdotal, como en las circunstancias en las que atendió a una numerosa partida de presidiarios y galeotes que, de paso por Villa del Río, esperaban hacinados y malolientes para reanudar el camino.
Quiero sospechar que el P. Luis, a pesar de ser sacerdote culto y al día, entendía poco de tantas disputas estériles y ambiciones del tiempo sobre la delimitación de poderes y jurisdicciones. Sí tenía, en cambio, muy claro que la calidad sacerdotal va por caminos de servicio sencillo, gozoso y total. Por ello solía repetir que el amor no es verdadero si no es práctico, es decir, “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (I Jn.3, 18).
Un rasgo de primer plano en su vida y acción sacerdotal fue ciertamente la pobreza evangélica de la que hay casos espléndidos en su vida, pero no a modo de fogonazos aislados y de publicidad (como ocurre con frecuencia), sino como opción consciente, como elemento imprescindible del auténtico seguimiento de Cristo. Entraba en lo que él llamaba “privilegios de un cura de aldea”. Por eso quiso ser total y realmente pobre, hasta el punto de entregar por donación entre vivos lo que tenía como propio, para vivir de limosna los últimos años de su vida. Él profundamente conocedor de la versatilidad humana y de la atracción persuasiva de las riquezas, ata su voluntad de tal manera en la referida donación, que deja imposibilitada una marcha atrás. Esto lo llamarían hoy los teóricos “opción de pobreza radical”. Para el P. Luis fue consecuencia de una auténtica vivencia de su plena entrega a Dios y a los demás desde su sacerdocio. Cuando en la mañana del 18 de abril de 1721 las Hermanas del colegio se acercan a despedirse del P. que estaba viendo realizarse ya una de sus aspiraciones más profundamente vividas, “Es mi voluntad morir pobre a imitación de mi Redentor Jesucristo y asimismo en amor muy grande a mis feligreses” mirando a las Hermanas les dice a modo de testamento espiritual: “Para tenerlo todo sobrado, conténtense siempre con poco”. En las Constituciones les había dejado una orientación de oro: “Todo huela a pobreza, pero esté todo, aunque pobre, aseado y limpio”. El Papa Juan XXIII, en 1959, con ocasión del primer centenario de la muerte del Santo Cura de Ars, decía de él que “era rico paradar a los otros y era muy pobre para sí mismo”. Ya en 1741 había escrito el P. Jerónimo Vilches en la biografía del P. Luis: “Como se contentaba con poco para sí, tenía mucho para dar a los demás”.
No eran tiempos de grandes teorías de pobreza como lo son los nuestros; pero, aun así, resalta el sentido práctico y concreto del P. Luis en la pobreza y entrevió perfectamente que no está reñido ni siquiera es indiferente a la autenticidad de la acción sacerdotal. Por eso, gráficamente decía (perdonad la expresión en estos nuestros tiempos más refinados) que “los piojos de los pobres son las perlas de los obispos”. Él los vio, los limpió personalmente, y no en metáfora, y hasta llegó a casa con una buena plaga de esos bichitos después de haber atendido apostólicamente a una partida de presidiarios que pasaban por Villa del Río. Por eso podía decirlo. Sabemos que, para mantener su libertad interior y apostólica, renunció a herencias e incluso a determinadas compensaciones económicas que le correspondían por el cumplimiento de trabajos realizados por orden superior en Bujalance y otros pueblos de la provincia. Cuando no le era posible sustraerse a un reconocimiento de su labor, lo desviaba a favor de los pobres.
La atención destacada del P. Luis a los pobres daría sobradamente para un trabajo monográfico. Por ello me limitaré a exponer algunos trazos tan sólo, no sin antes afirmar que para él no era actividad añadida sino entrañada en su labor sacerdotal. Eso sí: une con toda naturalidad la atención al pobre que necesita ropa, calzado pan, casa…, al pobre que necesita instrucción, perdón, acogida y a quienes necesitan liberación de su vida, como la ayuda económica que presta a las prostitutas (abundantes por el frecuente paso de soldados, especialmente en Villa del Río) para que cambien el rumbo de su vida o a los presidiarios para que en su vida experimenten también el amor desinteresado. Y además, es práctico: a casos urgentes de necesidad, remedios urgentes y eficaces sin detenerse a buscar las ideas más brillantes sobre la situación. Es cierto que, como intentaré decir después, tenía arte para saber interesar a otros en este servicio de caridad, pero comenzaba por compartir su plato, su calzado, su casa, su ropa y hasta dejar su cama a un enfermo contagioso. Se preocupa de que la pobreza no fuera impedimento para que a los pobres llegara la predicación de la palabra de Dios y pudieran participar en los sacramentos y, por ello, celebra los Domingos una Misa de aurora para quienes se retraían por no disponer de ropa de fiesta que no desentonara de otros feligreses. Su atención y delicadeza con los pobres llega hasta el final, pues a los difuntos pobres los enterraba sin aceptar estipendio alguno, pero del modo más solemne que se hacía en el pueblo.
En la misma línea sacerdotal de atención preferencial a los necesitados hay que considerar su generosa entrega a los enfermos de los que nos constan muchos ejemplos admirables, e incluso heroicos, como el de aquel presidiario tísico a quien él consiguió que le entregaran para curarlo personalmente, igual que el caso del soldado “frenético y con un peligroso tabardillo” de paso por Villafranca al que, con permiso del oficial, llevó a su casa para curarlo personalmente, con tanto cuidado que se contagió y que le costó su propia vida.
No puedo extenderme en multitud de casos concretos que serían elocuentes para alejar definitivamente de nosotros la idea de un sacerdote derretido en dulzura bobalicona. Es cierto que el P. Luis sabía dar un golpe seco en la mesa cuando lo pretendido requería tal contundencia. También, enfrentarse sin contemporizaciones inconsecuentes a sus propios allegados o a algún religioso que vagaba por caminos distintos de los que a su profesión eran debidos, o presentarse arriesgadamente y sin vacilación a desarmar directamente a quien se pertrechaba cobardemente en su carabina para asegurar su vida licenciosa o saliendo a la calle, crucifijo en mano, llamando a los pecadores públicos a la conversión. No me resigno a silenciar un hecho que retrata, no sólo el celo sacerdotal del P. Luis, sino su valentía apostólica. Abrevio el relato del biógrafo: Tenía conocimiento el P. Luis de un feligrés suyo que llevaba una vida libertina. Una noche le sorprende en los caminos de su perdición, le asió del brazo y le llevó a la iglesia. Allí, solos los dos y en el silencio de la noche, le pone en las manos unas disciplinas, se desnuda el torso y, de rodillas, le pide que descargue sobre él cuantos golpes quiera, pero que deje de ofender a Dios. Asombrado y avergonzado el feligrés ante el valor y la humildad de su párroco, entre sollozos manifiesta su sincero arrepentimiento y recibe el perdón de Dios, dispuesto a enmendar radicalmente su vida. Así lo realizó consagrando para siempre su vida a Dios en la vida religiosa. El espíritu de servicialidad sacerdotal del P. Luis le hace ser “peligrosamente atrevido” y hasta “conscientemente imprudente” para quienes tenían o tengan baremos de prudencia y oportunidad que posiblemente no entiendan que “el que quiera asegurar su vida…” (Luc. 9,24)
Como a todo buen seguidor de Cristo, no le faltó la cruz de la incomprensión en su vida sacerdotal. “Fueron muchos y pesadísimos los baldones, oprobios y desacatos que toleró con invicta paciencia; porque era tanto su celo para impedir las ofensas a Dios, forzosamente se le había de ofrecer mucho que sufrir” dice el biógrafo P. Jerónimo Vilches, de la Orden de San Basilio. Llegaron a acusarle ante el señor Obispo y el Tribunal de la Inquisición. Él todo lo sufrió con ejemplar mansedumbre y confiado en que resplandecería la verdad, como él manifestaba a las Hermanas del colegio que vivían inquietas por aquellos ataques a su párroco y padre. No sólo llegó a descubrirse que todo era una burda patraña, sino que alguien muy importante de Córdoba le manifestó laudatoriamente a Don Marcelino Siuri: “Crea Vuestra Ilma. que no tiene en su obispado sujeto como el vicario de Villafranca”. Por su parte, el Tribunal de la Inquisición, no sólo deshizo las falsas acusaciones, sino que le nombró su Comisario, como refrendo de su doctrina y garantía de su actuación sacerdotal.
La vida y acción del P. Luis, llamada a la responsabilidad apostólica
La figura del P. Luis no se agiganta tan sólo por lo que él fue y trabajó apostólicamente. El P. Luis se abrió a una amplia colaboración y, hasta de algún modo, la exigió por la envergadura de la obra y por la responsabilidad apostólica de quienes participaron de su espíritu. Es claro que no voy a ocuparme de la continuidad de su obra educativa, tan sólo quiero manifestar que la vida y acción del P. Luis resultaba contagiosa para aquellas personas que podían estar más cerca de él, como aconteció, pero no exclusivamente, con las Hermanas que con él realizaron el apostolado educativo y lo continúan en nuestros días con la Congregación de Hijas del Patrocinio de María, que, tras varios siglos de existencia bajo el amparo y protección de la Virgen Madre, siguen siendo un “milagro” de la Providencia. Al fin y al cabo, era “la obra” apostólica del P. Luis a la que distinguió y dotó generosamente Por ello, en la carta que escribió a la monja cordobesa sor Mariana Ventura el 23 de diciembre de 1718, felicitándole la Navidad, tras informarle de que “Se concluyó nuestra fundación de la Congregación de María Santísima, la aprobó el Sr. Obispo y sus Leyes” exclama como quien ha concluído lo que más ansiaba: “Ya no se me da un cuarto el morirme y pídale V.R. a Dios que me conceda la felicidad de vivir y morir en su santísima amistad” .
En su biografía consta que el trato personal del P. Luis transformaba a las personas que más asiduamente se beneficiaban de su labor sacerdotal, hasta el punto de que se las conocía “en el recogimiento, en la verdadera aplicación al servicio de Dios” y no fueron pocas las que abrazaron la vida religiosa en los conventos de vida contemplativa en Córdoba. Otras personas, como es el caso de Dª Leonor Guerra, de Villa del Río, quedó tan impresionada por la modestia y recogimiento del P. Luis, que dejó para siempre sus vanidades, que no eran pocas, y se convirtió en una colaboradora activa de las obras de caridad que el párroco organizaba a favor de los necesitados del pueblo. Esto era constante, pero hubo de hacerse a gran escala en 1709, año en que se conjugó una carestía extraordinaria de alimentos por las pésimas cosechas con una “epidemia de ardentísimos tabardillos”. El P. Luis constituyó en su propia casa un centro de atención para todos los necesitados y supo movilizar, con “algunas santas industrias” dice su principal biógrafo, a todas las personas disponibles de la población, para que no faltara el alimento a nadie durante los meses en los que más se hizo notar la necesidad. Qué bien entendió esta capacidad de contagio del bien, desplegado con generosidad y amor a favor de los demás, una de sus principales colaboradoras en la obra educativa que inicio en Villa del Río y continuó y amplió en Villafranca. La hermana Marina Josefa de la Cruz escribía en sus comentarios a las Constituciones que dejó para la naciente Institución: “Dènme una persona que, con corazón caritativo y ánimo esforzado se arroje a vencer lo que parece imposible, y con este ejemplar se mueven muchas personas, llevando a ver por experiencia que no es tan bravo el león como le pintan”. En este orden de cosas no es cierto que “todo se pega menos lo bonito”.
La vida del P. Luis transcurre entre el 30 de noviembre de 1666, día de San Andrés, el apóstol que testimonió definitivamente su entrega a Cristo en una cruz aspada, y el 18 de abril de 1721, viernes de Pascua, como consecuencia del contagio de la enfermedad del soldado que llevó a su casa para curarlo. ¿No parece un símbolo de su vida de entrega plena en Pasión-Resurrección, Cruz-Esperanza-Vida?


P. Eleuterio López