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El Obispo Terrones, predicador de Felipe II, descendiente de villafranqueños

(por Luis Segado Gómez, Cronista Oficial de Villafranca de Córdoba)

Villafranca no ha sido cuna de ningún obispo; sin embargo uno de los prelados más importantes del llamado Siglo de Oro era descendiente de villafranqueños, condición que tanto él como sus hermanos reivindicaban y de la que se sentían orgullosos. Este personaje era don Francisco Terrones del Caño, también conocido por Aguilar Terrones, que ocupó entre otros cargos el de confesor de Felipe II y obispo de Tuy y de León1.

Sus padres, Lorenzo Terrones y Ana del Caño, vivieron en Andújar y tuvieron doce hijos entre hembras y varones. Dos de ellos, Antonio y Francisco, fueron sacerdotes y otros cuatro pertenecieron a diferentes órdenes religiosas: Juan, franciscano; Jerónimo2 y Eufrasio, agustinos, y Mauro, abrazó la Orden de San Benito. Otro hermano llamado Lorenzo ocupó el puesto de Oidor de Santa Fe en el Nuevo Reino de Granada3.

Francisco nace en 1551 en la ciudad iliturgitana en el seno de una familia noble. Empezó sus estudios en la Universidad de Baeza y los siguió en la de Salamanca. En 1572 ingresó en el Colegio de Santa Catalina de Granada, ciudad en la que obtuvo una canonjía.

En 1582 fue a Madrid, como procurador de Iglesia, a las Cortes Eclesiásticas. Las brillantes intervenciones que tuvo en ellas llegaron a oídos de Felipe II y lo nombró su predicador. Durante su estancia en la corte le encomendaron sermones de gran importancia, interviniendo en las honras fúnebres que el monarca ofreció por el alma de su hija doña Catalina, duquesa de Saboya; así como en la misa que se celebró con motivo de la concesión de la Rosa de Oro, que el papa Clemente VIII otorgó a la infanta Isabel.

El monarca opinaba que don Francisco utilizaba el vocablo correcto para cada cosa y la infanta Isabel Clara Eugenia solía decir “Terrones, ni se cansa ni nos cansa”. Era tal su oratoria que sus coetáneos aseguraban que además de ser el predicador del rey, era el rey de los predicadores. Por eso no es de extrañar que el monarca, en el ocaso de su vida pidiera que predicara en sus aposentos privados solamente para él. En estas estancias, ya casi agonizante, le confió sus memorias “para que algún día puedan aprovechar a quienes han de venir después de nosotros”. Asimismo, cuando disponía sus últimas voluntades ordenó a su capellán mayor que, en el funeral que a su muerte le ofreciera su hijo, predicara el doctor Terrones.


El 13 de septiembre de 1598 falleció el rey y los días 18 y 19 del mismo mes se oficiaron, en San Jerónimo el Real de Madrid, las solemnes exequias presididas por su heredero Felipe III, al que acompañaba toda la corte. El último día y en medio de un silencio sepulcral, subió al púlpito y comenzó la homilía con estas palabras, sacadas del Oficio de Difuntos, “Rey a quien todas las cosas permanecen vivas, venid y adorémosle”. Justifica la frase diciendo que lo mismo que la Iglesia invita a la adoración del Rey del Cielo, porque Sus cosas permanecen vivas, él aprovecha para animar a los presentes a adorar y reverenciar a un rey de la Tierra cuyas obras no se han acabado con su muerte sino que también continúan vivas. Sigue exponiendo que igual que a Dios se le venera en la salutación, al rey quiere honrarlo a lo largo del sermón, para lo que suplica al Altísimo y a la Reina de los Ángeles le envíe su gracia Tras una hermosa disertación , en la que no olvida algunos consejos al nuevo soberano, termina pidiendo el reconocimiento a la memoria del difunto: “que en todas las virtudes nos fue maestro, en todas las necesidades nos fue padre y mereció justamente el renombre de Dios, pues lo fue por participación en esta vida de la gracia y en la otra de la gloria”.


Por su contenido y por la facilidad de su oratoria el sermón impactó tanto que fue mandado imprimir por Lupercio Leonardo de Argensola, secretario de la emperatriz, para que aquellos que no lo habían podido oír gozaran de su doctrina.


Felipe III confirmó en su cargo al que había sido el predicador de su padre aunque por poco tiempo ya que en 1601 fue nombrado obispo de Tuy, sede en la que hizo su entrada el 20 de agosto del mismo año. Allí realizó una intensa labor pastoral, entre otras cosas visitó toda la diócesis en dos ocasiones, “sin que le quedase en toda ella ni una sola iglesia por ver ni un solo clérigo a quien no conociera y tratara personalmente”. Asimismo, reformó los estatutos del cabildo y convocó un sínodo diocesano, todo ello sin dejar de adoctrinar desde el púlpito a su grey.


El 4 de junio de 1608 tomó posesión de la silla episcopal de León, sede en la que convocó un sínodo cada año. En el segundo de ellos suprimió muchas fiestas, con el beneplácito de todos, porque achacaban a su excesivo número el atraso que padecía la agricultura. También visitó los pueblos del territorio que tenía que administrar, aunque a causa de su enfermedad tuvo que interrumpir este menester. El 13 de marzo de 1613, cuando se encontraba de visita pastoral en Villalón, la sobrevino la muerte y fue enterrado como pobre en el convento agustino de Mansilla. Más tarde fueron trasladados sus restos al sepulcro que mandó hacer en la parroquia de San Bartolomé de Andújar donde descansa junto a seis de sus hermanos4.


Aunque algunas de sus obras escritas no se conservan nos consta que se imprimieron los sermones de las exequias de Felipe II, de la infanta doña Catalina, de la reina Margarita de Austria y el que predicó en su pueblo natal, en mayo de 1597, con motivo de la llegada de las reliquias de su patrón el obispo San Eufrasio. Su obra más conocida es la Instrucción de predicadores, escrita a instancias de su sobrino Alonso del Caño que era catedrático de la universidad de Salamanca y pidió que le explicara la forma de estudiar las Sagradas Escrituras y la manera de prepararse para predicar.


Este personaje tan importante vino a nuestro pueblo en noviembre de 1606, siendo obispo de Tuy, con motivo de conocer el lugar donde habían nacido sus mayores. Agradeciendo esta visita, el concejo acuerda darle la bienvenida y ofrecerle un regalo:


“(…) abiendo visto cómo su señoría de don Francisco Terrones, obispo de Tuy, en agradecimiento de ser su naturaleza paternal desta uilla a benydo a ella a visitarla y regalar a los vezinos della con su presencia, abiendo conferido este negocio y visto la merced que en ello a hecho a esta villa, decretaron que por concejo se le vaya a dar el parabién de su venida y se le haga algún regalo de ayuda de costa por quenta deste concejo y se le pida haga merced su señoría el domingo que viene de honrrar esta villa con su doctrina”5 .


Como le pidieron los capitulares, don Francisco Terrones ocupó la cátedra sagrada en la antigua parroquia deleitando a los fieles con su oratoria. Los propios del concejo justificaron los cincuenta reales que costó el regalo con que la villa agradeció la visita y enseñanzas de uno de los personajes más relevantes de su época.


El deseo de conocer la tierra natal de sus antepasados, de ofrecerle lo mejor que tenía: la sabiduría a través de la palabra y el reconocimiento de cuantos lo escucharon, es motivo suficiente para que Villafranca se sienta orgullosa de contar entre los descendientes de sus hijos a una de las personas más importantes e influyentes de su siglo.


En el barrio cordobés del Alcázar Viejo, junto a la parroquia de San Basilio, una calle perpetúa la memoria del “Obispo Terrones”. Con motivo de cumplirse el cuarto centenario de su visita a nuestro pueblo, no estaría mal que el Ayuntamiento rotulara una de las nuevas calles con este nombre y de esta manera lo honremos, lo mismo que todos los pueblos saben enaltecer a sus hombres más preclaros.


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1 Galiano Puig, R. “Biografía del doctor don Francisco Terrones del Caño, predicador real y obispo que fue de Tuy y de León” Boletín de Estudios Giennenses. Nº 83(2003) pp. 207-255. Los datos biográficos están recogidos de esta obra, por lo que a partir de ahora suprimo las notas.


2 Fray Jerónimo era maestro de Teología y Consultor del Santo Oficio de la Inquisición en Córdoba, predicó en Villafranca en el Adviento de 1611 y en la Cuaresma de 1612. Las actas capitulares recogen :”…sus abuelos fueron naturales de esta villa y gente muy principal y él ha predicado con grande fruto a los naturales della y acudido a las confesiones con particular cuidado, todo en beneficio de las almas. Vid. Aranda Doncel, J. y Segado Gómez L. : Villafranca de Córdoba, un señorío andaluz durante la Edad Moderna. Córdoba 1992. pp.145 y 146.


3 Una hija de este, Ana Terrones del Caño se casó por poderes en 1607 con Juan de Robles, vecino de Villafranca. Vid. Aranda Doncel, J. y SegadoGómez, L.: op. cit. p. 157.


4 Este sepulcro fue profanado durante la Guerra Civil.

5 Aranda Doncel, J.: y Segado Gómez, L.: op cit. p.156.

Breve Historia de Villafranca de Córdoba

La situación de Villafranca de Córdoba , al pie de Sierra Morena y junto al río Guadalquivir, ofrece un lugar idóneo para la ocupación humana.

Los vestigios arqueológicos hallados en Villafranca de Córdoba constatan que desde la Edad de Bronce sus tierras estaban habitadas. En lo que hoy ocupa su territorio se han encontrado hachas neolíticas y restos cerámicos superficiales de la Edad del Bronce y de la época ibérica.

Los romanos construyeron una calzada, la Vía Augusta, de la que hoy quedan algunos restos. La proximidad de la Vía Augusta, que trascurría por las inmediaciones de la ermita de La Soledad y paralela al río Guadalquivir, tuvo que favorecer el poblamiento de la zona. Los materiales del período romano que han aparecido son inscripciones funerarias, una pequeña necrópolis en la finca “Los Linares” y sólidas cimentaciones de estructuras agrícolas. Así en el campo de Pontejón encontramos una pequeña presa semiderruida y en los pagos de los Mugrones, Huerta de la Diña y Lumbreras, afloran sólidas cimentaciones, tégulas, cerámica común y terra sigilata.

La existencia de asentamientos visigodos en el territorio que ocupe la villa, está avalado por una sepultura de la época del rey Chindasvinto

Tras la ausencia de datos en la época musulmana se cita por primera vez la Aldea del Cascajar en la que ahora es Villafranca

Tras la ausencia de datos de la época musulmana se cita por primera vez la aldea de Cascajar en la época de la reconquista en el año 1264. Este topónimo se debe a la abundancia de sedimentos detríticos de su subsuelo o al cascajo emergente de un vado del Guadalquivir, cercano a la población.

El proceso de señorización de El Cascajar lo inicia en 1358 Don Martín López de Córdoba, maestre de Calatrava, alcalde mayor de Córdoba y Camarero del rey Pedro I de Castilla. Un año más tarde, este monarca otorga a Don Martín un privilegio para que pueda poblar el lugar con 50 vecinos vasallos suyos, solariegos, y que en adelante se llame Villafranca, por la exención de impuestos que tendrían sus habitantes. La escritura no se firma hasta junio de 1359. Antes de primero de mayo el monarca queriendo agradar los buenos servicios que le había prestado D.Martín le concede un nuevo privilegio por el que aumenta a 100 el número de habitantes.

Después de la trágica muerte de D.Pedro el nuevo rey ordena el ajusticiamiento de D.Martín por lo que Villafranca pasa al Patrimonio real hasta 1377 en que la cambian a la orden de Calatrava, que entrega a cambio los lugares de Cogolludo y Loranza, en los obispados de Sigüenza y Toledo respectivamente.

A mediados del siglo XVI con la incorporación de Villafranca al marquesado de Priego, la villa va a depender de uno de los señoríos más importantes de Andalucía. Este significativo hecho para la vida de la localidad se produce en 1549, por la compra que efectúa Doña Catalina Fernández de Córdoba, marquesa de Priego, condesa de Feria y señora de la Casa de Aguilar. El motivo es que esta señora quiere formar un señorio con centro en Villafranca para su hijo P.Alfonso Fernández de Córdoba al que Felipe II le concede el titulo de marquès de Villafranca. A comienzos del siglo XVIII, la localidad se vincula a la Casa de Medinaceli al heredar esta familia el marquesado de Priego.

Durante la Edad Moderna la economía de Villafranca se basa en el sector agropecuario. El secano ocupa la mayor parte de su término, siendo el trigo y la cebada los cultivos predominantes. Dentro de las actividades artesanales destaca la fabricación de paños y de agujas, y respecto a esta última, tuvo tal importancia que el pueblo es conocido hasta el siglo XIX como Villafranca de las Agujas.

Entre los siglos XVI y XVIII adquiere gran protagonismo la religiosidad popular, las devociones locales se centran en la Inmaculada Concepción a la que erigen patrona en 1651, a raíz de un brote epidémico, Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Remedios. En 1724 nombran a San José patrono de la villa.

Durante los dos últimos siglos Villafranca sufre la inestabilidad política de la época. A mediados de la centuria decimonónica se produce una crisis demográfica como consecuencia de las epidemias y hambrunas que padecieron sus gentes. A partir de 1900 se inicia una lenta recuperación interrumpida por la Guerra Civil. En 1989 tiene lugar un tímido ascenso, contando en la actualidad con casi 4.000 habitantes.

Actualmente la economía de la localidad se basa en la agricultura, especialmente de regadío, en la fabricación de muebles de cocina que dan ocupación a un buen número de villafranqueños y en un incipiente sector turíst
ico.

Celebración del Día del Libro 2008

18 y 19 de Abril de 2008

Como ya muchos saben, esta Asociación tiene un carácter fundamentalmente cultural, por eso no queríamos dejar pasar la ocasión de celebrar, con nuestros escasos medios y grandes aspiraciones, el Día del Libro, y para ello hemos organizado las actividades que aquí se detallan.
Por un lado tendremos una actividad dedicada al LIBRO, como privilegiado vehículo de transmisión cultural.
Por otro, hemos querido rendir un humilde homenaje al gran poeta andaluz Juan Ramón Jiménez al cumplirse este año el 50º Aniversario de su muerte.
Deseamos que les guste y sea de su interés y provecho.

PROGRAMA DE ACTIVIDADES


Día 18 de Abril a las 19’00 hs. Conferencia sobre Juan Ramón Jiménez y su obra a cargo de
Dª. PAQUISOL ARENAS GAVILÁN, Profesora de Lengua y Literatura.
Durante la conferencia se intercalará la lectura pública de Platero y yo realizada por alumnos de Primaria de Villafranca de Córdoba.
Día 19 de Abril, a las 20’00 hs. Conferencia titulada "Historia de un Libro" a cargo de D. JUAN-JOSÉ PRIMO JURADO, Escritor e Historiador.
Contenido de la Conferencia:
-Cómo se hace un libro
-Razón de la existencia del libro
-Cómo escribir un libro

LUIS PÉREZ PONCE Y LA VILLAFRANCA DE SU ÉPOCA

( por Luis Segado Gómez, Cronista Oficial de Villafranca)

Para estudiar a un personaje es conveniente conocer su biografía y situarlo en la época y lugar donde nació y desarrolló sus actividades, por eso antes de hablar de la obra de Luis Pérez Ponce , vamos a dar unas breves pinceladas sobre su vida.

Aquí, en Villafranca –que muchos llamaron afortunada por ser la cuna del padre Luis- nació este sacerdote a finales de Noviembre 1666 en el seno de una familia acomodada. Sus padres Bartolomé Sánchez Botijón e Isabel Fernández de Lázaro tuvieron dos hijos más, Juan y Marina.

Fue educado, nos cuenta su biógrafo, con cuidado y esmero, instruyéndole en la doctrina cristiana y procurando inclinarle a la observancia de los preceptos divinos. En esta villa aprendió las primeras letras y unos elementales estudios de gramática, hasta que tuvo edad suficiente para ingresar en el colegio cordobés de Santa María de Gracia, regido por los dominicos del convento de San Pablo, donde estaba de religioso uno de sus tíos; allí estudia filosofía y teología.

Después de residir durante algún tiempo en el Palacio Episcopal como paje del Cardenal Salazar, es ordenado sacerdote por el mismo prelado en 1692 –precisamente el año en que se comienza la construcción de la actual parroquia. Esta fecha de su ordenación que hoy conmemoramos marca el inicio de una vida llena de contenido.

Comienza a trabajar en su pueblo natal con el cargo de coadjutor, tres años más tarde es promovido para párroco de Aldea del Río –la actual Villa del Río; en este destino va a ejercer con fuerza su ministerio el flamante sacerdote.

Además de adecentar la parroquia a sus expensas y comprar algunos objetos para el culto, pidió limosna para levantar una capilla al Nazareno, adquiriendo para ella las imágenes de Jesús, de la Virgen de los Dolores y de la Magdalena. Desarrolló en la aldea una intensa labor pastoral ayudando a los pobres, predicando en las poblaciones vecinas y enseñando a los niños la doctrina cristiana.

Paralelamente a estas actuaciones puso en marcha un centro para la formación de la mujer –bastante descuidada por aquellos años- pues pensaba que los varones tenían mcuchos medios para instruirse y las niñas, cuyas almas costarona a Jesucristo la misma sangre que lkos hombres, no tenían ninguno. La idea de fundar una Congregación que se encargara de la enseñanza de la mujer se la dieron los Marqueses del Surco, quienes se detienen en Aldea del Río camino de Cádiz y le dan a conocer al vicario la existencia en Flandes de una institución que se acomoda a sus proyectos.

Tras diecisiete años de ensayo en la población comarcana, a primeros de 1712 fue destinado como párroco de Villafranca que cuenta con algo más de 2000 habitantes, estos como era habitual en el Antiguo Régimen se hallan divididos en estamentos. Una minoría de hidalgos y clérigos forman el grupo privilegiado y el resto pertenecen al estado llano dentro del que se encuentran personas de niveles económicos muy dispares.

La clase más alta está compuesta por los médicos, escribano y labradores que arriendan fincas en el término del pueblo, en el de Córdoba o en el de las localidades vecinas. La clase media agrupa a los pequeños arrendatarios de tierras concejiles y de hazas situadas en los ruedos del casco urbano. El grueso de los vecinos son trabajadores agrícolas que llevan una vida mísera como consecuencia de la falta de trabajo, que se hace más patente cuando las condiciones climatológicas no son favorables a la agricultura.

Durante los años que el padre Luis fue párroco de Villafranca se producen grandes sequías en varias ocasiones, en dos de ellas se ofician rogativas públicas y procesionan al Cristo de la Caridad por las calles del pueblo para pedirle el favor divino de la lluvia. La falta de cosecha lleva al paro y a la mendicidad a gran número de personas.

En estas circunstancias la eficacia del sacerdote, calificado por sus contemporáneos como limosnero, va a ser efectiva; con su propio peculio abastece de comida, vestido, calzado o ropa de cama a los necesitados, asimismo dedica a ellos el dinero que recibe como estipendio de su ministerio, eso sí, dentro del anonimato, ya que en la mayoría de los casos se valía de alguna persona para que repartiera los donativos. De la misma forma desinteresada cuidará a los enfermos aunque no sean de su feligresía, en más de una ocasión los pobres transeúntes del hospital de la Caridad recibirán junto con los auxilios espirituales su ayuda económica.

La vida religiosa de Villafranca en el primer cuarto del siglo XVIII estaba atendida por una decena de eclesiásticos que se ven forzados por los frailes del cercano convento de San Francisco del Monte y por sacerdotes de las diferentes órdenes religiosas establecidas en Córdoba, que acuden a predicar en Adviento, Cuaresma y en otras conmemoraciones litúrgicas.

El movimiento cofrade tiene una gran pujanza y numerosas hermandades –algunas fundadas desde mediados del siglo XVI- se reparten en la parroquia y ermita las procesiones de Semana Santa, las festividades de la Inmaculada y del Corpus Christi la religiosidad de la villa.

A pesar de este positivo balance las inquietudes del nuevo vicario no se hacen esperar y en los nueve años que estuvo al frente de la parroquia va a potenciar sus dos grandes devociones: La Virgen y San José. Sin duda influenciado por su formación en los Dominicos, fomenta el rezo del rosario y no vacila en introducir el de la Aurora, añadiendo a las cofradías de la villa esta nueva hermandad, que recorrerá las calles todos los amaneceres festivos, sin que las inclemencias del tiempo interrumpieran su salida.

Dirigido espiritualmente por los Carmelitas venerará de una forma especial la advocación Mariana del Carmen y a San José, tanto se extiende la devoción al Santo Patriarca que a los tres años de su muerte los villafranqueños obtienen del obispo que sea tenido por patrón del pueblo.

Cuando el padre Luis llegó a Villafranca para hacerse cargo de la parroquia, la construcción de la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, que se había comenzado unos años antes, estaba paralizada. Son varios los factores que inciden para que este sacerdote impulse las obras y a su responsabilidad de párroco se unen el profundo amor a la Virgen y su condición de villafranqueño que siente una especial devoción por la protectora del vecindario.

Unos meses más tarde continúa la edificación y se encarga él mismo de recoger los donativos, de pagar a los albañiles y de vigilar las obras. No es momento de comentar las cláusulas del contrato, pero hay una que no puedo dejar de citar y que dice: “Los salarios serán abonados por D. Luis Pérez Ponce, persona por cuia mano corren las limosnas que se juntan para la dicha obra”.

Este aspecto, hasta ahora desconocido, nos muestra una faceta más de su vida que dice mucho de sus desvelos hacia la tierra que le vio nacer.

A pesar de estas múltiples tareas, nuestro ilustre paisano va a continuar con las inquietudes pedagógicas que tuvo en su anterior destino, y a pesar de que en Villafranca, el municipio contribuía económicamente al sostenimiento de los maestros de primeras letras y de gramática –a cambio de que impartieran enseñanza gratuita a los niños pobres- la formación de las niñas y mujeres sufría el mismo abandono que en otros lugares, por ese motivo prosigue en su pueblo la labor educativa que inició en Aldea del Río, trayéndose con él a dos de las maestras y costeando a sus expensas la enseñanza de las niñas; primero en su casa y más tarde en otras que adquirió en la calle del Horno. En estas últimas funda el Colegio de Jesús, María, José y Santa Rosalíaal que se traslada las clases en 1717.

Un año después otorga testamento en el que declara que tiene elaboradas las Reglas de la Congregación de la Beatísima Virgen María que unos meses más tarde son aprobadas por el obispo Marcelino Siuri. Estas constituciones constan de once capítulos en los que marca las pautas que deben observar las hermanas, así como los aspectos pedagógicos que emplearían las maestras, el horario de las niñas y los conocimientos que gratuitamente recibirían, que eran :la doctrina cristiana, leer, escribir, coser y otras labores que le eran propias. Estas enseñanzas iban encaminadas a formar mujeres honestas que fueran capaces de instruir a sus hijos.

Al mismo tiempo hace la escritura de dotación del Colegio en la que especifica: “Es mi voluntad aplicar mi caudal que de presente tengo, por mi adquirido y lo demás que hasta el fin de mis días adquiriese al servicio de Dios Nuestro Señor y bien común de esta dicha villa de Villafranca donde recibí el Santo Sacramento del Bautismo”.

Esta fundación va a tener gran trascendencia primero en nuestro pueblo y más tarde, favorecida por los obispos ilustrados de la diócesis cordobesa en otros lugares de la provincia. Sin embargo Luis Pérez Ponce no va a conocer la extensión de su obra y tal día como hoy, hace 272 años dejaba de existir.

Después de estas breves palabras sobre el Padre Luis Pérez Ponce y la Villafranca de su tiempo cabe preguntarse qué opinión tenían sus paisanos del nuevo centro educativo. Numerosos testimonios nos hablan tanto del cariño que le profesaban sus feligreses como de la magnífica acogida y prestigio del Colegio de Jesús, María y José; pero con el fin de no extenderme demasiado sólo voy a leer parte de un acuerdo del Ayuntamiento, fechado en Marzo de 1730 en el que se hace eco de una limosna que le solicitan las hermanas para cubrir sus necesidades. Los capitulares acceden a la petición concediéndoles, para su explotación, algunas fanegas de tierras concejiles, explicando que lo hacen: “Por la obligación que esta villa y sus vecinos deben tener al señor Don Luis Pérez Ponce , fundador del colegio, vicario y patricio que fue de esta villa y atendiendo al beneficio común que se experimenta de la doctrina y enseñanza todas las niñas del pueblo, no solo en la obra de manos, sino enseñándoles la doctrina, a leer y escribir sin interés alguno”.


FUENTE: Luis Segado Gómez “LUIS
PÉREZ PONCE Y LA VILLAFRANCA DE SU ÉPOCA”, Revista de
Feria y Fiestas de Santiago, Año 1993. Villafranca de Córdoba.